Venezuela mirar boquiabierto

Venezuela mirar boquiabierto

Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar.

Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Marcano es también un destacado periodista. Pero no pasaban el fact checking de la revista. Esta noche ceno con el consejero cultural de la embajada española, Bernabé Aguilar , y dos de sus colaboradoras, Melba y Patricia.

Me hablan de la carestía que sufre Venezuela. Hay escasez de ciertos alimentos, que el país tiene que importar, y que resultan demasiado caros. En su caso, hacen grandes pedidos a El Corte Inglés que llegan por barco cada dos o tres meses.

Los relatos sobre la vida en Caracas remiten siempre a una modalidad de violencia, física o moral. Los tres han pasado por la experiencia de ser atracados en la calle. En un momento de la cena me refieren una historia estremecedora. Se trata de una leyenda urbana referida en varias crónicas, cuentos y alguna novela.

Lo cual no quiere decir que no tenga un sustrato verídico o altamente verosímil. Arranca con una mujer de mediana edad subiéndose a un mototaxi. En una ciudad con tantos atascos la moto es una buena alternativa para sortearlos. El conductor, que tal vez ya ha pasado por esto en otras ocasiones, baja el cristal y le entrega el teléfono móvil. La pasajera saltaría de la moto, pero el miedo la paraliza. Tal vez la mate. Y sin embargo la lleva a su destino. Cuando llega, y se baja, le tiemblan las piernas.

El taxista se da cuenta, y la tranquiliza. Hace algunas semanas, el propio consejero cultural iba en un taxi, en el asiento trasero, cuando dos malandros detuvieron su moto a la par que el coche.

Le tocaron la ventanilla. Mantuvo la calma y bajó lentamente el cristal. Por dentro, se moría de miedo. Iba a entregarle su teléfono, y la cartera si era necesario, cuando el conductor de la moto le advirtió: A las cuatro de la madrugada estoy en pie. La simple idea de intentar dormir me desespera. Leo Solo quiero que amanezca , de Óscar Marcano, de una sentada.

Hay que tener cuidado por dónde sostienes los relatos porque cortan: Por debajo, se adivinan Venezuela y sus males periódicos, cuando no hay nada en lo que creer. A las seis de la mañana, amanece. Bajo a desayunar fuerte, otra vez por si acaso. Algunos portan una acreditación al cuello. Hablan entre ellos, con camaradería.

Uno joven calvo, con traje azul brillante, presume de que se acostó a las cinco y media de la mañana. Estas conversaciones siempre resultan familiares. Deduzco que hay un congreso en el hotel. Al salir al lobby , se confirma: Husmeo en el dosier a disposición de los congresistas. Enfoque global; Fabricación de Hielo: Momento para la Toma de Decisiones. Es como mirar al sol directamente. Tienes que retirar la vista, o te quedas ciego. A las diez de la mañana me recoge un conductor de la Universidad de Carabobo que debe llevarme a Valencia, a la Feria del Libro.

En el asiento del acompañante viaja un misterioso anciano de pelo blanco, con un largo mechón recogido en una trenza. Apenas tengo espacio para mis piernas. No abre la boca en todo el trayecto. El conductor se vuelve fugazmente. El trayecto dura dos horas y media. La experiencia de una autopista venezolana no se olvida.

No tardamos en caer en el primer atasco, y en el segundo, y así sucesivamente. Mi conductor saca un viejo Nokia y se entretiene jugando al Snake. Cuando reemprendemos la marcha, aprovecha para escribir un SMS. De vez en cuando, mira a la carretera. Yo espío el cuentakilómetros cada poco. Parte de la autopista transcurre paralela a la línea de ferrocarril que iba a cruzar el país, y que nunca se terminó de construir. No hay vías, solo hormigón, y en las grietas del hormigón crecen los hierbajos.

Al llegar a Valencia me dejan directamente en las instalaciones de la feria con maleta y todo. Como es hora del almuerzo, me acompañan al comedor de invitados, y me sientan junto a Carlos Sandoval y Jonathan Bustamante. Sandoval es cronista, ensayista, profesor de Literatura en la Universidad Central de Venezuela, crítico literario, editor y onettiano.

Bustamante es administrador en la editorial Madera Fina, en la que publican a Gonçalo M. Nadie se asomó a ver cómo se encontraba el camionero. Murió a las pocas horas dentro de la cabina. La comida es frugal. Los cuento con los dedos de la mano, para asegurar, y coincido.

Se entiende la preocupación. Hacemos algunas bromas, no obstante. Me presentan a Rosa María Tovar , la directora de la feria. Su afabilidad es proverbial. Casi la totalidad de los responsables de la feria son mujeres.

Se desviven por los autores, que a su vez nos desvivimos por nosotros mismos. La gente es afable, muy cariñosa. No paramos de darnos besos. Es una buena pedagogía contra la violencia que se agolpa en el exterior, en las calles, fuera de la burbuja en la que vivo. Apenas hay títulos extranjeros, salvo algunos enviados por Planeta o Alfaguara, y aquellos que consigas encontrar en los stands de libros usados. Un editor me explica que hace tiempo que la situación económica de Venezuela, y la debilidad de la moneda nacional, hacen casi imposible la entrada de literatura española.

Me instalan en la habitación La wifi funciona estupendamente. Fuera de eso, en la habitación se registra toda una sinfonía de ruidos desesperantes, como el de la cisterna, que pierde agua continuamente, o el de la nevera, que ronronea sin fin.

Cierro la llave de paso y desconecto el electrodoméstico, que solo contiene dos botellas de agua. En parte, me alegro. Cuando Julio bebe la suya, sabe que ha caído en una vieja trampa: A la hora de la cena me reencuentro con Sandoval y Bustamante. Me presentan a un veterano profesor de literatura francesa y a su mujer, poeta, que poco después sabré que es una antigua alumna.

Cuando se van, Sandoval me explica que el profesor, especialista en Proust , después de jubilarse, escribió una novela titulada El viaje inefable. Él también fue alumno del viejo profesor. Después de negarle su voto en el Premio de la Crítica a la mejor novela por Memorias de la esperanza , el autor estuvo dos años sin dirigirle la palabra.

Por la noche el café con leche me pone triste. No hay apenas luces que cuelguen del techo. No hay nada que se me ocurra mencionar que no haya leído Sandoval.

Conversar con él es una delicia. Me alerta un huésped cuando ve que la extiendo con entusiasmo en una tostada. Me había hecho a la idea de darme otro homenaje. Por si acaso solo estuviese caducada la suya, espío el anverso. Si el huésped no me estuviese observando, creo que la comería, pese a todo. Pero no me quita ojo. Me da vergüenza despreciar su advertencia. Enseguida aparecen Sanvodal y Bustamante, que comparten habitación para reducir gastos.

Lo primero que hago es interesarme por el poeta. El profesor niega con la cabeza. Lo peor es que su situación es vox populi. En la feria se habla de poesía, de cuentos, y de las dificultades del poeta. S y J coinciden en que la anécdota es vagamente tranquilizadora. Después del desayuno me siento a leer cerca de la piscina, pero no demasiado cerca. Regreso precipitadamente a la habitación, donde dedico dos horas a reescribir la novela. A continuación, resumo en algunas notas lo que pretendo exponer en mi primera charla, dedicada a los lectores como protagonistas de las bibliotecas.

Toma asiento donde haya un hueco libre, y lee como un pervertido, oscuramente, durante tres minutos. Tres minutos, digamos, de los breves. Y después se va. Así todos los días, las semanas, los meses. El foro empieza a las tres. Son las tres y veinte y no hay nadie en el salón Yves Bonnefoy. Ni siquiera los ponentes. Hasta cierto punto, me parece normal: Hablaremos Virginia Riquelme , editora y profesora de la Universidad Central, donde en su día fue alumna de Sandoval, y yo.

Antes de empezar, hablamos de literatura, pero enseguida de luz eléctrica y de cortes de agua. Virginia vive en una zona de Caracas especialmente antichavista, donde se suceden las interrupciones de la corriente eléctrica y los cortes en el suministro agua.

Casi no sabe qué es ducharse bajo una alcachofa. La escasez la obliga a almacenar el agua en barriles. Revela que la biblioteca de su padre la componen dos estanterías que hacen esquina y forman una fortaleza.

La biblioteca dejó de ser, desde ese momento y para siempre, un lugar donde colocar libros. En el turno de preguntas y reflexiones ocurre algo verdaderamente pintoresco, cuando se levanta una señora de edad avanzada, cargada de collares, y dice que después de escucharme —justo acaba de decidirlo, anuncia— va a empezar a escribir un libro. Eso exige mucho tiempo. Como empezamos con retraso, acabamos tarde, lo que me hace llegar impuntual a mi siguiente acto, una mesa redonda, en el salón Teresa de la Parra, sobre autores españoles.

También advierto que Orlando Chirinos no se ha presentado. La moderadora, Jenifer Monsalvo , señala con el dedo hacia mí. Me parece bien, pues como no tengo gran cosa que decir, da igual en qué momento la diga.

Estudio a Napoleón, que acaricia un montón de folios grapados que bien podrían ser su intervención. Me pregunto si su apellido lo ha ayudado o lo ha perjudicado a lo largo de su vida.

En las antípodas de su exhaustividad, saco una hojita que había rellenado con nombres de algunos escritores españoles, y me pongo a hablar de ellos. Los recita con gran pasión. Habla de sí mismo en tercera persona. No me da pena que acabe, sin embargo. Nadie me pregunta por España. Supongo que carecer de Gobierno no es preocupante al lado de carecer de democracia. Las dificultades por las que atraviesa el país no impiden que en los recintos cerrados, como el de la feria, o en los hoteles, hagan ostentación de aire acondicionado.

En las salas donde se celebran los coloquios es habitual ver a la gente con chaqueta. A la que puedo, busco quien me lleve al hotel. Pero tengo que irme. Hace algunos meses secuestraron a su hijo mayor, de veinte años. No era en una zona peligrosa, aunque aquí ya todas la son, y tampoco era de noche. Pero apareció un carro con tres hombres y los metieron dentro a punta de pistola. Les preguntaron dónde vivían, y qué medidas de seguridad había en su comunidad. A su hijo y a su amigo también se los llevaron, y los dejaron abandonados en un suburbio.

En el hotel leo, reescribo y tengo un poco de hambre. Descubro que el servicio de limpieza ha conectado de nuevo la nevera. La desenchufo, y el silencio se pone en vertical, qué placer. A la hora de la cena, me reencuentro con Sandoval y Jonathan, y algunos autores. Ya se sabe que esta tarde el poder judicial ha paralizado el revocatorio contra Maduro. Hablamos de libros y escritores. He soñado que morían todos los poetas y narradores hospedados en el hotel menos yo, que el día anterior tuve la precaución de no comer la mermelada caducada.

Esta mañana, sin embargo, no sé privarme de ella. Estoy despierto desde las cinco, leyendo y reescribiendo, y bajo hambriento a desayunar. En lo que es ya una enraizada tradición de varios días, me beso con autoras y organizadoras y estrecho manos con profesores, editores y poetas. Alguien dice que el día anterior el recital de Gabriela Rosas , que se sabe toda su poesía de memoria, dejó boquiabierto a todo el mundo. El wifi no funciona desde la noche anterior.

En recepción lo atribuyen a un fallo del servidor. Sandoval me cuenta que hace algunos años vivió en Madrid, en la calle Doctor Esquerdo 71, mientras desarrollaba una investigación becado por la Universidad Central de Venezuela. En realidad, se mantenían con el sueldo de su mujer. La beca no daba para nada. Elige un libro de relatos que pueda leer durante dos horas, el tiempo que a ella le lleva arreglar la casa, y se va en dirección al metro.

Toma una línea y la sigue hasta el final. Cuando regresa han transcurrido dos horas. Después vuelve a casa, y como la asistenta ya se ha ido, sigue leyendo. No tiene hijos y su mujer también es profesora en la universidad, lo que favorece mucho la lectura. Todos los poetas y narradores de Venezuela conocen a Sandoval. En su faceta de crítico los ha reseñado a todos. Algunos dejan de hablarle durante un par de años, cuando la crítica es negativa, pero después vuelven a ser amigos.

Fue una situación muy incómoda. Durante una época me tenía que esconder de él. Sin embargo, un día que yo iba caminando por Caracas, él detuvo su coche a mi altura, bajó la ventanilla, y me gritó: Ana Teresa Torres diserta sobre su biblioteca personal. Proyecta y comenta fotos de sus rincones. En el turno de intervenciones levanto la mano y pregunto si hay un lugar específico para los libros que todavía no ha leído, y que tal vez nunca lea, y de los que no se deshace, por si acaso.

Al finalizar su charla, comienza la mía. Hoy me toca hablar de Libros peligrosos. Se supone que presenta el acto la periodista Aymara Lorenzo , pero no aparece. La organización elige a Sandoval para sustituirla. Al acabar me doy otra vuelta por la feria. En conversación con algunos editores, me entero de que en Caracas hay una cadena de farmacias que vende libros.

Este es un país fascinante. Se ríe, y afirma con la cabeza. Después de siete días de espera, a media mañana lo atacaron unos horribles retortijones. Era una buena señal, y a la vez alarmante. Pero estaba en la feria, y con solo imaginar el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió escalofríos.

Decidió tomar un taxi y acercarse al hotel, a solo cinco minutos. Cada palabra salida de un corazón libertario agrietaba un muro de trescientos años de obediencia imperial. La erudición revolucionaria de Miranda, el ultimatun del Coto Paul, el ímpetu juvenil de Bolívar, entre muchos otros, fulminaron para siempre el miedo a la Libertad.

Tras unos segundos de tensa expectativa, un solitario brazo con sotana se alzó en el amplio salón. A falta de quien lo secundara, el dueño del brazo terminó excusando su verguenza argumentando que tan sólo lo hacía por fidelidad al deseo de sus electores.

Un puñado de patriotas alzaron la mano de inmediato y sus adversarios recién derrotados en el terreno filosófico, jurídico y político, no encontraron otra salida que anotarse en el bando independentista. Secundando el gesto de los republicanos, tímidamente se fueron alzando las manos, una a una, hasta completar cuarenta. Así fue como se logró, hace casi años, la declaración de independencia absoluta de las primeras siete provincias de Venezuela. El mayor mérito no fue del Congreso sino de la Sociedad Patriótica.

Esta organización, conformada por hombres y mujeres libres de conciencia, logró doblegar, a fuerza de voluntad y valentía, el orden tricentenario. Eran jóvenes en su mayoría, procedentes de diversas clases sociales, con auténtica ascendencia popular, que se propusieron lograr la independencia total y adoptar el régimen republicano.

Fue Miranda su mentor. Era el de mayor edad y experiencia, el de mayores luces, el de mayor cultura política.

.. 4 Feb El arrollador triunfo del presidente Hugo Chávez en aquel referéndum y la excepcional experiencia de Venezuela es analizada en este libro. Últimas noticias de Venezuela. Mantente informado con las últimas noticias, videos y fotos de Venezuela que te brinda Univision | Univision. 29 Ene Pero en la tienda te quedas boquiabierto ante el nuevo precio: en Venezuela hasta hoy, ¿por qué no deberíamos mirar a Venezuela para.

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Tiene una mascarilla de farmacia en la boca y la nariz, casi ineficaz para ahuyentar los gases lacrimógenos, ya usuales en la represión del gobierno contra los estudiantes. A las diez nos anuncian que el conductor de la "Venezuela mirar boquiabierto" ha ido a lavarla, con tan mala suerte que ha mojado el motor y ahora no arranca. Lo voltean, lo intentan acomodar, miden sus signos vitales. Las hermanas dijeron que nunca los muchachos las habían estereotipado mientras crecían. A su hijo y a su amigo también se los llevaron, y los dejaron abandonados en un suburbio. Estamos fuera de forma.

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