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GIGOLOS EN PERU GLAMOUR Lina se colgó de mi cuello. Hay sanos que buscan a través de la meditación y el ayuno, ese también es el otro lado, pero no es el B. Con muchachos, con muchachas. El pelado me miró a los ojos y sonrió, claro que era él. La quería solo para mí. Porque no es lo mismo Plomo que Stage.
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Los Redondos se despidieron de Buenos Aires con ese River a luces encendidas y con heridos de armas blancas. Y, mientras todos me frenaban, Loli salía del lago con la damajuana en alto pateando el agua para alejar a los putos bichos. Tardó un segundo en entender. Buscamos otro bajista, uno que usaba todos los dedos. Era la banda under que estaba por estallar, ganaba concursos y tocaba todos los fines de semanas por el circuito enorme de pubs, que crecía a cada noche cuando los ochenta terminaban. Sales citó una historia, que eschuchó con variaciones de casi todas las entrevistadas:.

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Pero a todas las muchachas, cualquiera sea la inclinación de sus sentimientos sexuales, les sucede a diario, a cada hora. Y les erosiona la autoestima, la identidad, la salud. Eso dice, al menos, American Girls Muchachas de los Estados Unidos , una investigación de dos años y medio que llevó a la periodista Nancy Jo Sales a explorar por qué las adolescentes viven una vida virtual absorbente y llena de peligros reales.

Sales comenzó su investigación sobre el peso del sexismo en la vida de las jóvenes en los Estados Unidos cuando preparaba una nota para Vanity Fair: En su primera entrevista supo que había encontrado la punta de un iceberg: La ansiedad y la depresión crecen entre aquellas que no se consideran sexualmente atractivas, o a las que sus pares insultan porque —aun presuntamente— son sexualmente atractivas.

La ansiedad y la depresión crecen entre aquellas que no se consideran sexualmente atractivas o a las que sus pares insultan porque son sexualmente atractivas. Una de las aplicaciones que siguió porque se destacaba entre las favoritas de sus entrevistadas fue Yik Yak , "el Twitter anónimo", muy difundido entre los jóvenes de la escuela secundaria y la universidad. Descubrió muchas publicaciones sobre sexo. Hay publicaciones sobre desear y buscar sexo, aun sólo cibersexo, inmediatamente, sin que importe con quién.

La tecnología hace posibles esas conexiones sexuales inmediatas". Hay conversaciones en las cuales los usuarios intercambian sus identidades en otras aplicaciones anónimas, "lugares para sextear y compartir desnudos". Sales percibió que el lenguaje de esas publicaciones "recuerda al lenguaje de la pornografía, plagado de palabras vilipendiosas hacia las mujeres y las jóvenes".

Al comienzo esos posteos le sonaban chirriantes, pero luego de un tiempo se acostumbró: Todos tenían que saber". Syracusesnap era una story de Snapchat , "una serie de fotos o videos en Snapchat que se mantenían visibles durante 24 horas en lugar de los habituales 1 a 10 segundos por cada visualización". A las pocas horas de su creación, Syracusesnap tenía como seguidores a estudiantes universitarios y adolescentes en todo el país", observó la autora.

Mostraba fotos de estudiantes en los domitorios universitarios: Con muchachos, con muchachas. El sexo con muchachos se veía casi siempre en una posición de pie, con la muchacha inclinada y la cabeza hacia el suelo", escribió. Había una foto de un muchacho que cargaba los cuerpos de dos chicas sobre los hombros: Los comentarios se multiplicaban en las redes sociales. Estaba el comentario en forma de chisme y escarnio, de las chicas por sus conductas sexuales". Pero nada se criticaba sobre la de los varones.

Es otro tema que había aparecido con frencuencia en mis entrevistas: Sales citó una historia, que eschuchó con variaciones de casi todas las entrevistadas:. Él le mandó muchas fotos desnudo, pero ella sospechaba que si le mandaba fotos de ella se las mostraría a otra gente. Así que lo llamó por Skype y le mostró sus fotos desnuda. Y él hizo capturas de pantalla sin que ella lo supiera.

Se lo mandó a tanta gente Ella pasaba y escuchaba murmullos, cuando no la insultaban. No se termina nunca. Él todavía las tiene y se niega a borrarlas". En una entrevista con cuatro amigas, la autora de American Girls preguntó quiénes subían fotos provocativas. Son adictas a la atención —dijo Padma, frunciendo el ceño. Y algunos amenazan cuando no consiguen lo que quieren ver: Mucho de esta nueva normalidad se hubiera considerado predatoria o dañina en el pasado". Sales no lo ve como el mundo genial de unos superdotados, sino como un universo machista: Sales citó un artículo que Nina Burleigh publicó en Newsweek en La primera idea de YouTube fue hacer lo mismo pero con videos.

No es novedad que las mujeres reciben trato de objeto sexual, "pero la sexualización se ha convertido en el modo predominante, e influye en cómo las jóvenes se ven a sí mismas y cómo se representan".

Sales da una pista sobre por qué pudo haber sucedido eso: Ya nadie llega a la adultez sin haber visto pornografía, e inclusive alguna forma de actividad sexual delictiva, como la violencia y hasta la pedofilia. En los 30 meses durante los cuales habló con adolescentes "de orígenes socioeconómicos distintos, de razas, orientaciones sexuales e identidades de género distintas", Sales se asombró de que ninguna de esas diferencias hiciera mella en la similitud de sus experiencias en las redes sociales.

Y mucho de lo que las muchachas tenían para decir sobre esta cultura involucraba la experiencia de lo que sólo se puede describir como sexismo: Pronto la aprendieron, pero no por la autora. También dejó en línea un manifiesto , "una diatriba misógina", en el cual describió a las mujeres como "falladas", "una plaga", "incapaces de razonar o penar racionalmente".

En su mundo donde las mujeres no deberían tener derechos, las mataría de hambre en campos de concentración. En sus teléfonos, cada día y acaso cada hora, encuentran cosas que son ofensivas y potenciamente dañinas para su bienestar y sentido de la autoestima ". Lily, en California, le contó cómo muchachos que no la conocen la invitan a salir en sus cuentas: Muchas sienten que los "Me gusta" o los comentarios favorables de sus fotos sexy son una señal de su valor, aunque los hagan desconocidos.

Y sus sentimientos o deseos quedan relegados. Era temprano y yo estaba en pedo, tenía que ponerme media pila. Mientras me abría paso entre la gente, algunos me abrazaban al pasar, me felicitaban como si hubiese hecho un gol en una final de algo.

Yo le pegué derecho hasta abajo, hasta donde estaba el tipo de la puerta. Lo charlé un toque y le pregunté dónde podía pegar un papel. Cuando todo el mundo ya andaba parado y daba vueltas por el lugar, la peruana y la argentina desaparecieron. Me vi de lejos. Rapado y con canas, era poli o un jodido de mierda. Y con tres putas alrededor, el cuadro estaba pintado. Yo sólo quería llevarme a Lina de ahí y cogérmela de una vez. Tenía que comenzar a cerrar la noche para terminarla perfecta.

Pero en el cajón, todavía quedaban 4 botellas y un saque en mi papel. La liberé de tener que soportar a un veterano amargado ex punk como yo, era fija que moría por ir a mover el culo con sus amigas. Se me apareció la cara de Pablo Escobar para recordarme de qué lado estaba. Ante mi mesa se detuvo otro borracho zarpado en educación, yo me sentía un sorete porteño, pero era el dueño del lugar, al parecer. Yo le contestaba todo que sí, me había puesto el casete hasta que el tipo se sentó a mi lado y sacó la billetera.

Pero el chabón solo quería entender por qué no iba a ponerla como el resto de sus amigos. Sólo me disculpé, le llené un vaso y lo mandé a pasear.

No te enojes, papi, me besó esto es tuyo. Sólo por ese segundo lamenté haber regalado la mitad de mi papel. No conté el billete, miré el cajón de birras, quedaban tres. Bajé a chamuyarme al tipo de seguridad: Quedamos en vernos el martes, se subieron a un coche que apareció de la nada y me quedé mirando al de seguridad negar con la cabeza. Eran las cinco de la mañana y yo volvía a ser cenicienta. Estaba demasiado ebrio para seguir bebiendo; sólo necesitaba drogarme o comer algo antes de sentirme un verdadero tarado.

Me quedaba un porro, recordé. Lo encendí ahi nomas, en la puerta del boliche y me fui como si nada, como si hubiera llevado un phillip en la mano.

Era increíble que me fuese sin coger, pensaba en eso y en una milanga completa en los puestos de comida barata sobre Rivadavia, cuando doble por Caruhé.

No había un alma en la calle y me sentía un idiota marca cañón. Cien metros después me reía solo. Llegaron de a poco, entre las sombras de una noche que los llevaba hacia un mismo lugar, donde el deseo de quienes nunca tuvieron nada y las sobras de quienes lo tuvieron se mezclaban.

Entonces el Hotel y los deseantes, el reino de un loco que se alzaba al final de un pasillo, en Colegiales. Ya había aprendido a puntear, tenía una SG Hagstrom y un pedal de distorsión que enchufaba en un equipo Alarsonik hiper nacional. Hasta ese momento, en mi legajo rocanrollero había participado en dos bandas punks, otras dos de hard rock y Sr Tickson grunge. Y tengo que incluirlo: Yoni, quien en ese momento de su vida seguía siendo un niño rico, que se había nombrado nuestro representante y empezó a pagar los ensayos y el vicio de todos.

Sr Tickson sonaba genial. Pudimos habernos convertido en la banda del barrio, del Centenario; era nuestro tiempo, nuestro momento, pero había un problema: Mi primer disco sería una mezcla de los géneros.

Escuchar mis canciones grabadas, solo eso deseaba. Y pensaba hacerlo realidad. Hasta que, una tarde de , todo se fue a la putísima mierda en un abrir y cerrar de ojos.

A pesar de que nunca abandonaría mis sueños, mi deseo terminó disparado en otra dirección, hacia otro objetivo: Hasta la tarde del 24 de octubre de , me decía: Comenzaba a ponerme flaco, a ganar buena plata y a vestirme mejor. Esa puta tarde de octubre se me dio por llamar a la casa de Yoni para ver cómo iban las cosas y el embarazo de su mujer. Me atendió la madre, me pidió que fuera.

Le pregunté si había pasado algo y me contestó que a María se la había llevado la policía y que Yoni había desaparecido. Debí haberlo tirado por el incinerador, pero no pude. Eran gramos de marihuana en bloque que Yoni había traído de Paraguay. Metí el ladrillo en mi mochila toda escrita con liquid paper. Tuve que hacer fuerza para poder pasar el cierre y bajé los cinco pisos por la escalera. Ni siquiera se me había cruzado la idea de qué estaba a punto de pasar.

Abrí la puerta del edificio y salí, tenía unos metros hasta Aranguren, después derecho cinco cuadras y mi casa. Cuando doblé, vi un Renault 12 a contra mano por Ambrosetti. No me apuré, me metí un Phillip en la boca y abrí bien los oídos: Un Duna gris y un Peugeot que venían por Aranguren bajaron la marcha.

Escuché la voz de alto, el resto fue un griterío. Me reconoció por la campera de jean que tenía sobre la cabeza cuando me ingresaban al Duna gris con una licuadora azul sobre el techo.

Pasé los peores nueve días de mi vida, casi sin dormir, en guardia todo el tiempo, aterrorizado, asfixiado. Salí de toda esa mierda con una causa judicial por encubrimiento y tenencia de drogas. María se llevó lo peor. Lo de Yoni fue corto, dos días a lo sumo. Y la poli no lo había capturado, él solo se entregó al comisario de la 11 y se hizo cargo de todo el faso con el que me habían agarrado.

Lo primero que hicimos fue encender uno. Una casa enorme para Yoni, María y a quien ella estaba a punto de parir. De alguna manera, el siempre adivinaba a dónde iban a caer mis dedos sobre el diapasón. Si se consideraba a Vitico un bajista cuadrado por tocar con dos dedos, no sé cómo calificar a Yoni, que tocaba con un dedo, pero era un reloj.

Una tarde de marzo, apareció con un 25 y la plata para ir de compras. Fumamos una vela mientras yo me cambiaba y después salimos directo para el centro: Por Talcahuano vimos una oferta en vidriera y entramos; como yo era el que sabía, me hice cargo de la operación. Todos los vendedores estaban ocupados, así que nos atendió el dueño. Le pidió a un empleado buscar en el depósito y, mientras el chabón nos terminaba de cobrar y entregar la boleta, Yoni miraba guitarras drogado y con su bajo en la espalda.

El Dueño nos dijo que podíamos retirar el equipo en embalajes, al final del mostrador. Lo que pasó a continuación, hasta el día de hoy no lo entiendo: Éste asintió, entonces el pibe fue por equipo nacional y nosotros tres al final del mostrador, donde el pibe del depósito había dejado la caja.

No sé dónde estuvo la confusión o si fue sólo un milagro. Cuando tuvo todo, volvió a agacharse, levantó un equipo y lo metió de una en la caja. Y, sin soltarlo de la manija, apenas lo asomó de la caja, lo suficiente como para ver las letras plateadas que comenzaban con una F, y lo volvió a meter en la caja.

El mundo y mi corazón se detuvieron un segundo: Ni sé qué hacía el dueño, cuando el pobre vendedor empujó la caja sobre el mostrador. La tomé de la atadura y volví a respirar. Le agradecí de corazón y me di media vuelta. Caminamos media cuadra apurados y nos echamos a correr por Talcahuano. Yoni, que no entendía nada, con el bajo en sus espaldas, María con la panza y yo, con el equipo Fender que diosito nos había regalado.

Pero eso no era todo, porque el Fender vendría con un pan bajo el brazo. Llegamos y el 25 todavía estaba ahí. Compramos cerveza para mí, whisky para Yoni, enchufamos todo y nos pusimos a tocar durante horas, hasta que María empezó a romper las pelotas con la puerta, como siempre. Y nosotros que no podíamos parar de reír, por el faso o por el pedo, mientras ella nos decía que estaba por parir y no le creíamos nada. El lugar sería un local de la Izquierda. Era un festival en contra la represión policial y por la libertad de un tal Panario.

La banda era un asco y teníamos un repertorio horrible, variado en estilos a causa de las diferencias musicales. El repertorio constaba de cuatro covers, tres canciones del bajista y una mía, la balada. A pesar de toda esa mierda, fue una de las mejores noches de mi vida, sólo faltaron todos mis amigos, los pibes del barrio que me habían soportado cuando no sabía ni armar un acorde. Del Centenario ya no quedaba nadie. Mientras tocaba pensaba en Loli, en el Cuervo y en Chelo, en el Bicho, en cómo ese año se habían separado nuestras rutas.

Yoni tampoco fue a la tocada, la Rubia estaba en Gessell todo el verano. Después, cuando empezamos con una zapada muy viajada, la gente se calmaba, iba por cerveza o empezaba a discutir. Mientras tocaba se veía que algo pasaba. Terminado el instrumental, llegaba mi momento, quedaba solo al frente de la banda y tenía que cantar: Revolución Interior, de los Violadores, y mi balada adolescente que no recuerdo ni de qué hablaba, sólo que era en La menor.

Canté la puta balada ante cinco o seis personas y mi novia. Ni bien dejamos el escenario, salí a la calle al tiempo que los de afuera comenzaban a entrar. Tocaba la banda que habían venido a ver todos, la del barrio. Después de la noche que había deseado toda mi vida, supe que tenía que armar una banda de verdad. Cien metros después, al llegar a la otra esquina, me escupí los dedos y lo apagué. Una sola lancha y no necesitaba tener el porro en la mano para perder. Y todavía restaban seis meses de trabajo comunitario antes del juicio.

Un juicio que podía cambiar mi perra vida para siempre. No, esa no era la noche que había deseado desde que mis quince años. No era libre de nada, aunque estaba en la calle, no podía ir a fiestas ni beber alcohol. Y ni hablar de drogas. Si quería salir de Bs As, tenía que pedirle permiso a un juez. Simplemente, con caerle mal a un poli, estaría jodidísimo. Que llegase el día del juicio y al carajo.

En Colegiales la paz llegaba a su fin. A las batallas entre Yoni y María se le sumaba la familia de El Enano, recién mudada. Ya eran tres pibes y dos parejas que peleaban la mayor parte del tiempo. Siempre había alguien a mano para rompernos las pelotas cuando nos poníamos a tocar.

Entonces, decidimos redoblar la apuesta y en lo que era el comedor metimos una batería, dos equipos de guitarra y el de bajo que diosito nos había regalado.

Aunque María intentaba disimularlo, estaba furiosa. Tarde o temprano, iba a estallar y yo esperaba no estar ahí cuando eso sucediera. Ya había sofocado suficientes peleas entre ellos. Por suerte, la mañana que explotó no estuve. Llegué varias horas después. Entré a la casa. En el comedor, Yoni se clavaba una chocolatada.

En el cenicero, había medio porro encendido. Tenía el pulgar izquierdo vendado, cubierto de cinta blanca de hospital. El vendaje estaba manchado, la cara de orto de Yoni era total:. Discutieron, se fueron a las manos. Y, en un intento por zafarse de él, María, con un mordiscón, terminó con todos los deseos del Yoni. Fue un ataque directo y final. Hasta podría decirse que pensado.

Para cualquier persona que deba sujetar el mango de un instrumento de cuerdas, el pulgar izquierdo es la vida misma. Buscamos otro bajista, uno que usaba todos los dedos.

Y la banda siguió. Con ellos cumplí el sueño de armar mi banda de rockanroll y blues, salir a tocar casi todos los fines de semana y tener un grupo de seguidores. Mientras tanto, Yoni se dejó caer en la cama.

Nunca lo había visto tan deprimido en mi vida. Entonces se quedaban con las ganas y salían a buscar puntero por el barrio. Conocieron gente nueva que empezó a visitarnos todo el tiempo, a consumir o a vendernos.

Sin embargo, mi ciclo en Colegiales había terminado. Tarde o temprano, caeríamos presos otra vez. En lo que iba de ese siglo, Yoni no volvería a hablarme de zapar.

Para cuando tuvo el dedo totalmente sano, ya se había tomado el bajo y el equipo Fender que diosito nos había regalado. Voy a ahorrarme los detalles, pero del juicio salí -dentro de todo- bien parado. Al menos algo de mi pequeña libertad mental estaba recuperada. Con el tiempo empezamos a vernos menos.

Ya no tenía tanto tiempo como antes para ir durante horas a Colegiales a drogarme con mi amigo. En ya casi no nos veíamos, lo visitaba una vez por mes y cada vez menos. Cuando el siglo terminaba, me llamó una tarde para contarme que se iba a vivir con sus padres, que lo bancara en Colegiales.

Después de la muerte del padre de Yoni, la madre vendió el piso en Caballito y compró una casa enorme en Boedo y él volvió a su barrio natal, con sus amigos de la primera adolescencia. Y también me preguntó lo que me pregunta hasta el día de hoy: Esa tarde me contó que militaba con el Partido Humanista, que, en un mes, habría un evento muy grande en el local, que iban a cortar Chiclana, que iría la murga, asado, tango, dos bandas de rock.

Yoni estaba loco, pero le seguí la corriente. Yo terminaba de grabar en CD mis canciones de forma casera, ya había decido no saber nada de tocar en bandas. Pero tenía el oficio y nadie conocía mis canciones como Yoni. Y lo que no conocía lo adivinaba. Sí, el Gordo Ale, el batero de todas mis bandas. Durante treinta días, ensayamos cuatro covers y cuatro canciones mías. Yoni había dicho la verdad, el lugar era una peña, con mesas en las veredas y la calle cortada, con dos parrillas enormes afuera y los vecinos que empezaban a sentarse.

Saldríamos bajo el nombre de Sordos y Mancos. Primero iban los tangueros, después las dos bandas de rock; entre ellas, nosotros. Mientras esperaba, no hacía otra cosa que ir y venir a fumar porro con los amigos de Yoni al pasaje, comerme un chori picante y seguir bebiendo. A la once de la noche, cuando nos llamaron al escenario, ya estaba demasiado ebrio para todo.

Yoni, duro como una piedra. Yo bebía un vino del pico. Antes del final, se me ocurrió improvisar en la menor. La gente comenzaba a hablar, a pararse y acercarse a la parrilla. Yo estaba tan borracho que nadie iba a bajarme de ahí. Y el Gordo, siguiéndome, como siempre. A mitad del tema, se descolgó el bajo y se lo pasó a un pibe que estaba sentado cerca, en una mesa.

Ale y el desconocido me siguieron hasta que terminé, después quedé solo en el escenario, muy en pedo para entender lo que pasaba. La gente se iba. A lo lejos, se escuchaba la murga que se acercaba a puro bombo sobre la avenida. Yo, seguía en medio del escenario, con la guitarra que acoplaba, y los tres tiros que sonaban en el cielo de una noche calurosa. Hasta el día de hoy cada una y todas las veces en que lo veo, me sigue preguntando por los cassettes, insiste en que deberíamos digitalizarlos.

Hoy en día cualquier payaso convierte a Mp3 aquel CD que grabó con sus amigos del barrio en los noventa y se cree parte de una historia que siempre les cobró entrada. Eso quedó de mi generación. Y, si algo le faltaba a esta gran estafa, era conectar a todos estos imbéciles a través de la red. Cuando el gran ojo del dios Google apareció en el cielo, sólo lo hizo para bendecirnos con aquellos discos que nunca pudimos tener.

Pero pagamos el precio, aceptamos una historia distorsionada. Una pareja de adolescentes rubios se baja y se pone a revisar el motor. Es de noche, a lo lejos se ven los faros de otro vehículo que se acerca. La parejita agradece a Dios y, segundos después, cinco o seis vagos se bajan de un Camaro. Al Romeo rubio le meten unos cachetazos y lo obligan a mirar cómo someten a su chica sobre el capot del auto azul, cómo le arrancan el pantalón para violarla, todos y cada uno de ellos, mientras ríen y se pasan las botellas.

Lo peor fue cuando la novia comenzó a gemir y a moverse… La escena terminaba en un primer plano de la cara del pobre chabón. Yo estaba horrorizado frente al ITT Drean de 20 pulgadas y era tan crío, que ni se me hubiera ocurrido lo que seguía después: Con apenas doce añitos, era demasiado. Por todo eso, aunque habían pasado ya algunos años, no me hizo gracia el nombre de la banda ni los colores rosa y amarillo que usaban para el afiche, no encajaba.

Y me lo repetía todos los días mientras cargaba mi tablero y mi regla por Av. Me dijo que estaba loco, que tenía que escuchar el disco entero y que, si podía conseguir el primero, mucho mejor. Pil y Stuka habían llegado para salvarme de la idiotez. Tenía 14 años y me gustaban Fito, Soda y Zas. Al menos hasta esa tarde en que metí mi cassette nuevo y le di play: Si no la tienes, a tu lado no estoy.

No hay opción, tenés que luchar por tu vida o por tu libertad. Eso fue lo primero que Pil y Stuka me gritaron en la cara. A continuación venía el hit, el tema que había sacado a una banda punk del under: Y el gran final, el tema que hasta el día de hoy sigue siendo mi himno de batalla: Roque Mastrocolla había tenido razón.

Tocaban los Viola y nunca habíamos salido de noche todos juntos. Nos encontramos en la estación, en Barrancas de Belgrano. Y eso fue lo que hicimos. Después nos vimos corriendo por las calles de Belgrano hasta parar en un pasaje a contar el botín: Nos tomamos la petaca con plata que pedimos pidiendo plata en Cabildo.

Sólo Roque zafaba de la pinta de pendejito. No pasaríamos ni con entrada. Es que, por aquellos tiempos, recién comenzaban a mezclarse las tribus.

A los Viola iban a verlos muchos rockeros, heavys y los pocos punks con crestas que flotaban sobre Buenos Aires. Así que nunca faltaban las peleas. Cuando empezaron a escucharse las sirenas de la poli, nos fuimos al carajo. Para una pizza y una birra, daba. Y esa fue la primera noche de rock en mi vida. La terminamos como la empezamos, huyendo de los buenos. Corrimos todos en direcciones distintas hasta nuestras paradas. Amanecía sobre Belgrano, era la primera vez que estaba solo, borracho y medio drogado en la madrugada de Buenos Aires.

A pesar de no haber podido siquiera escucharlos desde afuera, había sido una noche perfecta, todo eso era lo que yo quería para mis fines de semana. No me quedaba otra. Y recé, hasta que el 2 de agosto de pude verlos por primera vez en el mejor lugar del mundo. Aunque no era Punk, para agosto del 88, usaba borcegos hasta las rodillas y pantalones rotos, tenía una campera verde y militar con dos pins en la solapa. Uno era la SG doble mango; el otro, uno redondo y negro, con una A en rojo mal dibujada.

Mi generación no sólo envejeció de una manera ridícula, también fuimos los responsables de desetiquetar al rock. Entonces, logramos filtrar el mensaje, encontrar la misma ideología en otros sonidos. Sin pertenecer a ese mundo de fanzines y alfileres de gancho, sentía el mismo asco: No hay marihuanero noventoso que no recuerde aquel verano de la sequía, sin un puto porro en toda la maldita ciudad, ni en las afueras, nada.

Entonces había que moverse de un barrio a otro, en busca del Santo Grial o morirse de viejos en una esquina del parque, mientras veíamos la vida pasar y le pedíamos una moneda para el trago.

Justo ese verano, menos la Rubia y Yoni, todos teníamos un pasaje en Ferrobaires para el 15 de enero, con destino a Mar del plata. Pero faltaba lo esencial:. Faso, no sé, pero no perdemos nada. La clave era el Gordo, mi compañero del secundario y batero de Sr Tickson. El flaco Oscar nunca lo había dejado careta, siempre tenía.

Era de noche, tarde ya. Y el Villa agitaba con una sonrisa de oreja a oreja. Todo había salido bien, nuestras diez pepas descansaban en las tetas de Cecilia; por lo tanto, ni siquiera teníamos que preocuparnos por la yuta.

Entonces, hicimos lo peor: Así que, llegado el momento, dependeríamos de él. Y eso le encantaba. Solo nos quedaban las damajuanas y las pepas chupadas. Entonces, empezamos a vivir de la caridad del Villa, que se armaba uno a la mañana y otro a la noche, después se escapaba para fumar con la novia por ahí.

Y así estaríamos los tres días que faltaban hasta la escena del lago, cuando la abstinencia se hizo insoportable. A dos metros de nosotros el Villa se cagaba de risa, tosía y le pasaba el churro a la novia que soltaba los remos para fumar.

Loli también se paró y la canoa volvió a temblar. Chelo se sentó de una para equilibrar y, de un manotazo, bajó a Loli; en frente, los otros tres explotaban de risa en nuestras caras, mientas ellos fumaban y nosotros nada. Y, entonces, de borracho, Loli volvió a pararse de golpe y le arrojó, a la otra canoa, la botella cortada llena de tinto y hielo. Cuando dejó caer el culo de nuevo, la canoa se dio vuelta y todos fuimos directo a esa laguna asquerosa: Loli, con el agua hasta las tetillas, sostenía la damajuana en alto para que no se mojara.

Yo nadé hasta él para cagarlo a trompadas, me tenían todos hartos. Bicho y Chelo me frenaron el manoteo. El Villa y la mujer se reían a carcajadas, el amigo de Loli se arrojó al agua.

Y, mientras todos me frenaban, Loli salía del lago con la damajuana en alto pateando el agua para alejar a los putos bichos.

Me zafé y encaré con los pies en el barro del fondo hasta llegar a la orilla plagada de cangrejos y ahí me quedé. El resto de los pibes intentaba dar vuelta la canoa, Loli esperaba en la playa con la damajuana a sus pies.

Y empecé a esquivar cangrejos, a alejarlos, a dar saltos a medida que podía pisar mejor. De milagro, ninguno me pico. Cuando llegué al campamento, lo primero que hice fue meterme en la carpa del Villa y buscarle el porro, le robé dos o tres y después hice mi mochila, les dejé una nota y me fui a hacer dedo a la ruta. El Villa sentenció que ese hijo de puta del Bajo nos había cagado las vacaciones y que, tarde o temprano, se la teníamos que cobrar.

Boqueaba como siempre, pensé. En ese momento no recordé que El Villa había hecho la onda con la chabón y sabía dónde encontrarlo. Con el tiempo, empezó a caminar el barrio y a predicar, paraba en todas las esquinas donde estaban los pibes y se ponía a hablarles de dios hasta que lo echaban. Dormía en la plaza, comía lo que la gente le daba, pero no mendigaba. Otros afirmaban que era un drogadicto hijo puta: Pero cierto sector del barrio sostenía la teoría de que había sido un puntero, uno al que se la habían dado por garca.

Siempre que le preguntaban su nombre, decía que tenía miles, que era un hijo de dios. Y así empezó la leyenda. Yo me lo crucé varias veces a mediados de los noventa. El pelo le llegaba casi hasta la cintura y, desde ya, tenía una terrible barba a lo Castro. Nunca respondió a ninguna agresión. Sin embargo, una noche se lo vio lastimado, tenía media cara inflada y el labio roto.

Aunque lo veían así, nadie le dijo nada, ni se burlaron, ni le ofrecieron ayuda: Entonces, por primera vez subió las escalinatas de la iglesia de Flores. Se lo habían querido coger.

No se sabe con qué excusa, tres mierdas, zarpados y borrachos, se lo llevaron para Yerbal, hacia las vías y ahí empezaron a pegarle, a decirle que iban a crucificarlo otra vez, mientras dos los sostenían y uno sacaba la verga.

Sólo el cura que lo confesó sabe qué paso esa noche. Por supuesto, no necesitaron mucho tiempo para olvidarlo. Volví a recordarlo una tarde de marzo, diez años después de aquellas frustradas vacaciones donde casi nos matamos entre amigos. El 55 se detuvo en la esquina de Nazca y Rivadavia y, a través de la ventana, pude ver a otro loco que se creía el hijo de dios. El Gordo soltó una carcajada y volvió a llenarme el vaso. Lo agarraron entre bocha de pibes del barrio y lo obligaron a tragarse diez pepas al mismo tiempo.

Y los dos brindamos. Sí, puede que cuidarse uno mismo sea cuidar al otro. Todo eso lo aprendimos del Indio, que, después de veintisiete años renegando desde un escenario, logró adoctrinarnos. Hablar de todo esto a tan solo un mes de lo sucedido en Olavarría no es tomar una posición. La verdad, nada me sorprendió. Ni cómo lo despedazaron al Indio ni lo que pasó durante el show.

Menos el que hicieron en Uruguay, creo que no me perdí ni un recital de la gira. La noche de Satisfaction fui con el bajista de mi banda de entonces: Y sí, éramos punks. Recuerdo haberme subido al 86, deambular por San Telmo; recuerdo una lluvia de botellas por la lomada, que caía desde la 9 de julio hacia los patrulleros que estaban estacionados sobre Lima. Abrí los ojos en una celda, sin mi broder bajista y con un desconocido que dormía en posición fetal sobre el cemento y sostenía una foto arrugada del Indio, todavía con bigotes y corbata.

Lo que no le dijeron es que me habían metido en un buzón: Y, aunque no le contaron nada de eso, mi vieja me cagó a trompadas mientras salíamos de la 16 y los putos ratis se reían de mí.

En Parque Sarmiento, igual, la misma mierda, salvo que no me mandé ninguna cagada, terminé en la 49 limpiando la taquería porque un imbécil muy zarpado, rompió la luneta del bondi y fuimos todos presos. No recuerdo de qué línea era, solo que fuimos directo a la comisaría, nos bajaron y ahí quedamos. La era de Patricio Rey en Obras duró apenas dos años. Aquella serie de conciertos fue lo mejor de los Redondos y estuve en todos.

Y, de todos, solo recuerdo las previas y los primeros temas. Después caía en trance como el resto de la tribu y aparecía, sin saber cómo, en mí casa. Esa noche la avenida Libertador pasó a convertirse en el patio trasero del estadio.

Llegué a él en un bondi de línea que venía de otra realidad, donde la gente bebía y fumaba, donde los civiles no tenían lugar y donde todo el mundo alentaba a los golpes, tres cantos a los redondos y uno al chofer, hasta bajar en Belgrano, que ya estaba bajo el mando de las tribus y sus banderas. En un bar de Juramento pedimos hielo para el vino.

Esa noche del 29 de diciembre de , fue el primer ritual, la primera de todas las misas y el primer concierto masivo de Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Habían montado el escenario a un costado del estadio cerrado, sobre la cancha de hockey del club.

Me veo correr por el campo hacia adelante, hasta chocarme contra la valla de madera que nos separa de una estructura de caños gigante, veo un malón de gente y el Chelo que gritaba: Así como nosotros, cientos comenzaron a trepar entre los caños. La noche empezaba a caer sobre el estadio y de los Redondos, nada. Sólo aparecían los plomos para pedir que se bajaran del escenario o la onda no empezaba… Pero era imposible.

Yo estuve ahí, parado sobre un caño de metal y sosteniéndome de otro para no caer. Cuando el Indio y Skay aparecieron en escena, todo comenzó a temblar en medio de la ovación. Me sostuve fuerte y traté de cubrirme el oído izquierdo con el hombro. A mis espaldas, dos metros abajo: Y a medida que pasaba el recital, los monos no paraban de avanzar, de colgarse por los caños y trepar.

Yo estaba tan cerca que veía a la Negra Poli gesticular al tiempo que hablaba con el Indio y con Skay; algo pasaba, estaba todo mal de verdad. Había tanta gente sobre el escenario y colgada de la estructura de hierro frontal que los caños se doblaron y todo quedó en un leve pero molesto plano inclinado. La Negra Poli se acercó hasta el micrófono del Indio y fue al grano. Si se venía todo abajo no iban a poder seguir tocando. No sabían si iban a volver, la continuidad del show dependía de nosotros y de que el escenario soportase.

Lo repitió unas veces. El Indio la siguió, se lo veía furioso. Las luces del estadio se encendieron todas. Desde los parlantes, una voz en off pedía a la gente que bajase de a poco del escenario o no podría continuar el show por motivos de seguridad.

Teníamos que aprovechar que la monada empezaba a bajar, le dije a Chelo. Debíamos de estar a unos dos o tres metros del suelo, me contestó… Hice un par de señas a los de abajo, grité. Una vez en tierra, nos sobró el tiempo para recomponernos como personas: Nos fumamos un cigarro tras otro sin poder creer que habíamos estados colgados ahí, en ese escenario torcido que se mantenía en pie de milagro.

Todo terminó en un clima de mierda. De no ser por los talibanes que no paraban de agitar, el resto de las tribus se retiraban inconformes, faltaron temas, faltó buena onda. La gente empezó a dar vuelta los puestos de comida, de helados y gaseosas.

Había algunos drogados que reían con tiras de chorizos alrededor de sus cuellos, con bolsas transparentes de hamburguesas crudas y otros que repartían latas de Pepsi y helados entre la gente. Afuera, sobre la avenida, todo era un caos de rolingas que intercambiaban sus botines. Los Torpedos, Llolipops y alfajores helados eran free porque se derretían, pero la gaseosa serviría para el vino.

La carne era carne. Y, nosotros, la generación de genios que daría a luz la cumbia villera y el rock barrial. Odio que me pidan una seca y se lo dije, una seca no pega: Nos convidó un vino con Fanta caliente y, en una esquina, le cambié un bagullo de dos o tres fasos que me quedaban por la tira de chorizos.

Nos perdimos por Libertador hacia Belgrano, conocíamos un kiosco que vendía birra toda la noche cuando había conciertos en Obras. El chabón que atendía, al vernos en ese estado y arrastrando con nosotros 24 choris unidos x un hilo, nos dio la mejor la idea de la noche.

Una hora después, en una de esas parrillitas al paso que había sobre la vereda en la estación, negociamos 20 choris para el dueño a cambio de dos birras de litro, una porción triple de papas y dos choris para cada uno.

El lugar había colapsado; con La mosca y la sopa, los Redondos sonaban hasta en la FM Para mí ya estaba bien, al menos, por un tiempo. El cuidarnos entre nosotros del Indio ya comenzaba a dejar de causar efecto. Y a mí cada vez me gustaban menos las multitudes, y no soportaba el bardo al pedo. Dejé de ir a ver conciertos de rock nacional en estadios.

Con los Redondos fuera de mi escena mental y con los Violadores recién separados, solo me quedaban la Renga y Pappo. Uno de los mejores conciertos que vi y en un lugar de película.

Todo fue en un clima de paz y amor, con gente que acampaba en las plazas y a los costados de la ruta, otros dormían en las veredas. No hubo destrozos ni peleas. El mensaje del Indio parecía haber sentado al fin y todo fue una fiesta antes, durante y sobre todo después. No volvería a hacer otro viaje. Ni siquiera iba a ver a la Renga, que también llenaba estadios. En Abril del las tribus coparon River, fueron dos shows plagados de peleas, navajazos y robos dentro del estadio, al mismo tiempo que los Redondos estaban sobre el escenario.

De nuevo otra mala noche para el Indio que se la pasó puteando y amenazaba con cortar a cada rato. Los Redondos se despidieron de Buenos Aires con ese River a luces encendidas y con heridos de armas blancas. En agosto del , todo terminó en el Chateau Carreras, en Córdoba. La leyenda urbana de que los Redondos se separaban se hizo realidad: Al año siguiente, el rock argentino comenzó a involucionar hasta convertirse en pura mierda.

Durante los conciertos de su etapa solista, a pesar de la híper masividad, nunca hubo problemas de tachos y cabinas telefónicas encendidas. No había enfrentamientos contra la ley ni gente cortada. Todo era paz, amor y rocanrol. Sobre el escenario, un Indio que no tenia que cabrearse, que disfrutaba del show. Abajo, todo era vino, asado, banderas y marihuana. Sólo era sexo, droga y rocanrol, el mundo olía a santería barata y ahí estaba la cuestión. Todo eso había terminado. El Indio no tenia pruebas para pensar que algo podía salir mal, al menos no hasta unos días antes del show, cuando nada podía detenerse, cuando ya había gente acampando en el lugar.

En los medios apareció un comunicado donde el Indio instaba a cuidarnos entre todos, advertía que podría haber infiltrados con malas intenciones. Lo de los medios se tornó repulsivo. Lo que pasó en Olavarría fue una mierda donde el descuido personal y la mala suerte se dieron la mano para llevarse por delante lo que podría haber sido la despedida de una leyenda en vida.

Entonces, al Indio le pasó lo peor que podía pasarle: Hay un momento, un lugar, una hora del atardecer, en que el sol se deshace sobre el oeste de la ciudad. En ese instante se revelan todos los pasajes. Porque, solamente eso buscamos del otro lado.

El resto solo debe buscar, llegar a ese estado. Yo nunca vi uno, pero se dice que algunos logran cruzar en total estado de sobriedad. La verdad, me cuesta creerlo. Por eso no podemos parar, por eso buscamos. Hay sanos que buscan a través de la meditación y el ayuno, ese también es el otro lado, pero no es el B.

Amor, escritura, marihuana; en ese orden. Algunos, por naturaleza, elegimos siempre el lado B de todas las cosas: No sé, buscar en otro lugar. Una mina que haga algo: Y no es un lugar, es otro plano, pero ya basta. Ella me sacó el Phillip de entre los dedos.

La Rubia me miró a los ojos. Hay una gran diferencia: Pensaba que sólo me importaba reafirmar nuestro pacto, la verdadera promesa, terminar nuestras vidas juntos , si a los cuarenta seguíamos sin encontrar. Hay días en que se abren todas las puertas, en que una ciudad se come a otra. Una de esas noches es la navidad y, entonces, el A es el lado devorado. La Rubia se murió sin poder cumplir el pacto, pero su promesa la cerró veintidós años después.

Porque esa Mujer que me ayudó a terminar de cruzar el puente no llegaba por casualidad: Después de todo mi amada amiga, había tenido razón: Su profecía de cómo sería mi Ella se cumplió, al igual que su palabra. Porque no creo en las casualidades y éstas eran muchas.

Mi otro lado es una perra, una de verdad. Es tan fría como mala e intelectual. Con ella, trabajamos juntos a la perfección y podemos superar cualquier cosa. Nos amamos y no nos soportamos. Encajamos, así de simple. Y, de alguna extraña forma, llevamos mucho tiempo juntos ya. Fue un enamoramiento complicado y fatal que, por momentos, parecía acabarse cuando en realidad solo se convertía en verdadero amor. Fue durante la primavera del 88 en Plaza Francia.

Con el tiempo, me daría cuenta: La segunda vez resultó la mejor: Un festival del bandas under, que cerraba un , donde todavía me enfundaba en una campera militar y borcegos, fumaba particulares 30 y llevaba clavado un pin negro con una A roja y mal hecha en mi solapa. Ese año fue el comienzo de un recorrido que empezó con la primera vez de Los Violadores en Obras y que terminó con Insecticidio en Cemento. Creo que hasta el inicio de la nueva década, no hice otra cosa que seguir a esas dos bandas.

Pero vuelvo al festival donde, de pura casualidad, volvía a cruzarme con la banda que me había partido la cabeza.

Era gratis y en Cemento. El violero era una bestia con Les Paul negra que se deshacía entre yeites a contrapunto con la voz del pelado que cantaba al colapso de un ataque hasta encenderse durante los largos solos de guitarra, robarse el show y el festival entero. A partir de aquella noche, para mí, ya eran tres los pelados del rock. De Cemento, se salía siempre de día y sin un peso.

Vaciamos los bolsillos y las billeteras: Entonces, encaramos para Cerrito. No se movían por los circuitos de pubs y boliches habituales, tenían un contenido social y contra cultural que irritaba al mercado: Recién a comienzos de los 90, salió un demo con cuatro temas, grabados en una portaestudio de dos canales, que regalaban en los recitales en un cassette TDK.

Era para los diez primeros que llegaran. Les chupaba un huevo todo, creo que fue eso lo que los hizo resistir a la constante falta de aliento que reinaba a fines de los ochenta en el mundo rockanrollero. Ellos sólo querían salir a tocar, a distribuir su fanzine, a juntar gente. A pesar de su postura anti sistema, si la suerte les llegaba, la pensaban aprovechar, pero no irían por ella.

Tocaban gratis y llenaron cada lugar hasta llamar la atención. El demo comenzó a aparecer en la feria del Parque Rivadavia, también aparecían cassettes de los recitales, grabados con un walkman o dios sabe con qué. Empezaron a salir en algunos programas de la Rock and Pop y dieron una que otra nota para algunas revistas de rock. Pero eso nunca ocurrió. En no salieron a tocar. Pero eso tampoco, nunca pasó.

Ni editaron el disco, ni fueron teloneros de nadie. Yo esperaba, leía el suplemento todos los viernes. Los domingos a la mañana me la pasaba en el Rivadavia buscando entre los discos y recibiendo todos los volantes que me daban. Solo me queda aquel demo que regalaban en los recitales. Me fumaba un pucho en la parada del 80 de Lope de Vega y Beiró cuando lo vi.

Me acerqué dos pasos: El pelado me miró a los ojos y sonrió, claro que era él. Y estaba en verdad sorprendido de que alguien le mencionara a su banda.

Le conté que todavía recordaba esa noche en Cemento como si hubiera sido ese mismo día, que en alguno de mis cajones guardaba aquel demo en 2 canales y que, de vez en cuando, le daba play.

El Pelado me invitó una cerveza en la pizzería de en frente. La segunda y la tercera las pagué yo, entonces me animé a preguntarle qué había pasado, por qué habían desaparecido así, de una. Y, obviamente, también le pregunté qué había pasado con el disco. Otra guitarra, otro sonido, eso es así, amigo. Durante la grabación del disco, todo se complicó. Aunque intentamos meter otro violero para no perder la oportunidad de grabar, la cosa se fue al carajo.

Gustavo componía sobre mis letras. Así que abandonamos la grabación. Perder tiempo en un estudio es perder plata y no podíamos seguir sin Gustavo. Era una mierda mirar al costado y encontrarse tocando con una imitación bizarra de un Jimmy Page porteño. Se nos había muerto un hermano, loco, no lo pudimos superar. Pero tampoco queríamos dejar morir a la banda. Quedamos en hacer el duelo, tomarnos un tiempo y después seguir con el disco. Ya ni recuerdo qué le dijimos al nuevo. Ni volví a hablarme por teléfono con ese chabón.

Con esa no pasó nada. Habían grabado un CD independiente. Fueron los teloneros nacionales en varios conciertos organizados por la Rock and Pop. Con la nueva tecnología y el profesionalismo que reinaba en el ambiente, la formación sonaba excelente. Volvieron a los festivales, grabaron un demo para pasar en las radios. Pero la magia no estaba. Ya nada era igual. Por primera vez en nuestra vida cerramos nosotros. Te juro que sentí que todo era al pedo, que el rock se había vuelto una mierda.

Me dolían la cabeza y los pies, solo quería estar en mi casa, ver una película mientras me tomaba una cerveza y picaba algo para el bajón. No quise volver a Cemento, sólo tenía el micrófono ahí. Así que me terminé la birra y me fui a mi casa. Se había hartado de remar, de tener que salir a buscar lugares y pagar para poder tocar. Me dijo que tenía que irse en ese mismo momento, se puso de pie y se echó la mochila al hombro.

Encendimos un pucho en la puerta del bar y cruzamos nuevamente Beiró, de vuelta a las paradas de los bondis. Tiró el Phillip por la mitad y levantó el brazo. Después, bajó el cordón para asegurarse el Mientras dejaba subir a la gente, se descolgó la mochila, la puso al revés- sobre el pecho- y subió. Mientras tanto, tenemos frascos llenos de marihuana, botellas de vino acumuladas y la ilusión que se nos muere entre las manos; entonces, comenzamos a soportarlo todo.

Si del odio al amor hay un paso, ese puente se llama hastío. Llegó un momento en que ya no podía caretearle a la vida nada. No me molestaba perder a los amigos que me habían quedado porque siempre fueron de paso. Para colmo, venía de una relación espantosa con una mujer hermosísima, nunca iba a poder comprometerme con alguien de verdad.

No podía vivir con otro ser bajo mi techo. Desterré el mito de la amistad. Arranqué el amor de mi vida, no había otra forma de atravesar el camino. Así que, en ese terreno, iría a buscarlo. Yo tenía una historia que terminar, mi primera novela: Una novela futurista en tiempos de pos guerra y una historia de amor del carajo entre una oficial del ejército, un cadete y una adolescente que había llegado a cantar a la ciudad. Entonces, elegí la soledad, elegí dedicarle mi vida por completo a la escritura.

No me interesaba otra cosa. Ya había creado un mundo, tenía un equipo de personajes que esperaban todos los días sentados en el banco a que yo apoyara mi maldito culo en nuestro escritorio y los pusiera en acción. Había invertido tantos años en esa historia, que soñaba verla terminada. Me levantaba y me acostaba pensando en mi historia. De seis y media a cuatro de la tarde, atendía un bar sobre la colectora en Gral.

Después de las dos, me ponía a beber y llegaba puesto a mi casa desesperado por llegar a Ciudad Central y encontrarme con Luca, Erika, Marzia y Rahiz. Por aquel entonces, mi concepto de la escritura era escapar a la realidad, simplemente me drogaba con ella. La vida no apestaba de la misma manera, pero seguía siendo una mierda. Tampoco volvería a tomar una postura punk, ya estaba crecidito para eso y tenía un arma letal: Entonces empecé a escribir de verdad.

Una tarde, mi vieja dijo que tenía que hablarme: En paralelo a la operación, su enfermedad avanzaba y ya se sabía que la invalidez era el final. Me pidió que dejara de trabajar, me ofreció mantenerme y pagarme el profesorado de literatura en el que me había anotado para justificar mi vida de escritor.

Si, de todos modos, le hacía las compras y la llevaba al médico cuando lo necesitaba. Para la recuperación, la obra social le enviaba un enfermero diurno. De noche la cuidaría yo, como la primera vez. Pero no, ella quería compañía, quería algo que nunca le había podido dar. Yo no era la clase de hijo que se sienta a comer o tomar mate con su madre. Un hijo de puta. Abandoné el profesorado, sólo necesitaba hacer billete y escribir.

Yo estaba ahí, vivía a unos metros de la casa de mi vieja. Recibí la Navidad del con mi madre recién operada de su primera cadera, fue una de las peores que recuerdo.

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